Hay conciertos que sabes que estarán repletos de magia, incluso antes de vivirlos. Maria Arnal es una de esas artistas capaces de crear esta atmósfera especial, que te atrapa de principio a fin y en apenas un parpadeo. Hiptónica, auténtica y real, hace que cada momento sea inolvidable e irrepetible. Así lo vivimos el pasado 2 de abril cuando aterrizamos en el Roig Arena de València, en una noche que se quedará para siempre grabada en nuestra mente.
En plena presentación de su nuevo trabajo discográfico «AMA», la artista llegaba a la ciudad para demostrar que era la «catalana más valenciana» o así nos lo hizo saber, al sentirse en el lugar que fue su casa, que fue su hogar. Probablemente por eso, el concierto fue aún más especial. Por eso y por escuchar cómo cantaba canciones como «Meua», la particular versión y reformulación del clásico popular valenciano «Xiqueta meua».
Como si de un recital se tratara, Maria arrancó con un «Madrigal» con el que nos pedía que amáramos sin medida («Ama»). Un amor que traspasó la barrera de la canción y que decidimos mandar en forma de «Carta», especialmente dedicada a la persona que un día «Fui». Un flechazo desde el inicio directo hasta el alma. Un flechazo que por mucho «Que me quiten» de la «Puerta», jamás me permitiría volver al punto de inicio. Más cuando con el «Cant de la Sibil·la», la artista comenzó a cantar «Por tus penas», como si se hubiera cruzado directamente con un «Meteorit ferit».
Un momento de magia en el que, «Si te asomas» como persona ajena al concierto, habrías caído irremediablemente en ese «Tú que vienes a rondarme». Es que ni siquiera la llegada de «La virgen roja» te habría sacado de este trance tan «Lunar», de este trance en el que apenas pudimos ver nuestro reflejo en el «Espejo».
Tras una hora de ensoñación en la que nos sumergimos de lleno entre «Suspiros», tuvimos que despertar con un potente «Pellizco». Venga, va, «Dilo» y regresa «A la vida», porque el reloj con su «Tictac» eterno ya nos está marcando la hora.
Con este repertorio, ¿cómo no íbamos a sumergirnos de lleno en su universo sonoro? Un universo que va muy de la mano de los visuales y de las artes escénicas en general. Con un espectacular juego de luces – que, en ocasiones, nos recordaba a Rosalía o Sílvia Pérez Cruz -, y un cuerpo de baile que la acompañaba en todo momento, la catalana cuidó cada detalle de su espectáculo. Aspectos con los que nos robó el corazón por completo.
Contra todo pronóstico, este concierto fue toda una oda a la tradición mezclada con los sonidos más actuales. Una oda a la familia, especialmente si hablamos de los tíos y la prima de la artista. Una oda al amor en todas sus manifestaciones. Una oda a todo lo que está bien en este mundo. Y es que Maria Arnal es todo lo que está bien en este mundo.



















