Marta y Calavera en la Lata de Bombillas

Nuestro compañero Emiliano Montani nos regala esta crónica ficcionada de su último concierto del año 2023 en Zaragoza, celebrado el pasado viernes 30 de diciembre

Texto: Emiliano Montani
Foto: Pablo Estallo

«¿Qué significa Canciones?», le pregunta él. Y cuando Marta trata de explicarse, le repite que no tiene ni puta idea de qué es eso.

No es habitual, al menos para mí, ir a un recital al mediodía. Además, me suelo levantar tarde los sábados, así que tuve que hacer algunas cosas un poco deprisa para poder llegar puntual al show de Calavera en la Lata de Bombillas, sala emblemática de Zaragoza, donde descubrí bandas muy interesantes y tuve el gusto de tocar.

Calavera es de Zaragoza. Proyecto a cargo de Álex Ortega, que lleva varios discos bajo el brazo y se ha presentado en el Vive Latino de la pasada edición, entre otras cosas. Ni bien llegar a la Lata, descubro a la gente que ya se amucha frente al escenario entre los brillos que despliega la bola que gira eternamente suspendida en medio del salón. Mario, de Rosin de Palo, me saluda desde la barra y pido un botellín de Victoria porque soy fan de esa cerveza. En ese momento, Álex sube al escenario y comienzan los arpegios de «Atlas» y luego «Tres», dos canciones de su disco, «Exposición». Sigue «Huyendo», entrando en territorio de «Espejismos» donde todo se refleja y se proyecta, como una esquirla que nos va atravesando sonoramente a cada paso y podemos ver un destello allí en la lejanía entre sintetizadores y entre la luz del mediodía. La cresta de una ola, brillando. Suena «En una isla» y le da pie a dos canciones de sus primeros trabajos, «Campo a través», de «El Monte del Perdón» y «Salvaje», del primer EP, «Quebranta». La banda suena compacta y segura. El cuarteto genera texturas y acompaña de manera certera, contundente a la guitarra y voz de Álex. El bajo y la segunda guitarra, además tienen un sintetizador enfrente, que va jugando y completando el puzzle musical. «Malas hierbas he venido a cortar, y cuando el temporal amaine, te detendrás…tengo flores en mi casa», nos susurra él, y nos sumergimos en los acordes repetitivos para caer en un colchón de melodías que surgen desde las perillas del sintetizador. Giro y veo la barra, las manos yendo y viniendo con cerveza, vinos y vermut. Las miradas, las cabezas sacudiéndose al ritmo hipnótico de la música, el cartel de neón que reza «Hang the DJ» y una una voz invisible que me susurra «Panic of the street of Zaragoza, I wonder to myself», pero comienza «Secretos» y vuelvo a la realidad de la sala, conspirando mis pies en conjunto con las notas grooveras del bajo. «Quiero estar contigo ahora mismo», canta la chica que está al lado mío y su novia se ríe y le da un beso.

Luego de que Álex aclare su garganta con un trago de té de jengibre, ya que está un poco congestionado, arranca «No te das cuenta». «Mandame otra canción, creo que tienes un don, inspirarme tan profundo, me gusta cómo ves el mundo» es una de mis frases preferidas de esta canción incluida también en su último disco.

Viene «Ámbar» (en el disco cuenta con la participación de Amaral) y pide ayuda en el arreglo vocal y la gente se suma a corear. Mientras suena la canción, Marta, (vamos a llamarla así) no para de hablar. Está detrás mío y cuenta movidas de su trabajo y que ella también escribe canciones. Su acompañante le contesta e intenta, al igual que yo, escuchar a la banda. Quizás porque es la última fecha del año, no hay mucha gente que haga lo mismo que hace Marta, ya que la mayoría está disfrutando de Calavera y del show.

Me adelanto un poco para evitar que sus palabras se siguieran mezclando entre las palabras de Álex y, por un momento, lo logró. Termina la canción y aprovecho para pedirle a Pablo Stallo que, por cierto, está próximo a sacar un EP, si me ayuda con las fotos del show para ilustrar este relato, acepta y se pone en marcha, mientras Álex se separa de la banda y nos brinda en formato solo la canción «Escalador». Quizás por la intimidad que brinda el momento, Marta hace silencio y vuelve a hablar cuando el grupo vuelve con «Sayonara», que a pesar de significar adiós es la canción que abre «Espejismos». Paradojas o intenciones, vaya uno a saber pero, por suerte, no es la última canción del espectáculo. «Para qué dijiste que era guay lo nuestro», canta él y Marta le responde con cosas insignificantes y sigue hablando sin parar.

Suena «Espiral», melodía hipnótica y, mientras todo nos da vuelta, todo me da vueltas y el autotune despierta curiosidad, Juan Luis Guerra abandona su «Bachata Ros»a del estante de vinilos de mi casa y nos canta que «Quisiera ser un pez para tocar mi nariz en tu pecera» desde la boca de Álex. La versión termina y Calavera cierra su fantástico show, culminando el último recital del año de la Lata de Bombillas.

Parado entre la suavidad del rock alternativo y con tintes pop, Calavera sabe moverse y cumple con su promesa de defender la canción de una forma profesional y con estilo.

La gente se saluda y va saliendo lentamente al frío de Calle Mayor. Marta y su compañero siguen hablando y, cuando se dan cuenta que ya son los últimos, mientras él pide otra cerveza, ella se dirige al servicio. Al entrar, ve que al lado del inodoro hay un objeto. «Alguien se lo debe haber dejado», piensa y lo recoge para llevarlo a la barra. El aparato es similar a un Ipod, pero con una pantallita ínfima, de un color tornasolado, extraño e indefinible y tiene dos botones a cada lado. Ella lo mira con curiosidad y sin querer aprieta una de las teclas. En ese momento un destello fluorescente la ciega por unos segundos, no sabe que acaba de pasar, pero mear le es más urgente. Una vez afuera, se refriega los ojos, deja el aparato en la barra del bar, que está en completo silencio, y sale en búsqueda de su amigo. Antes de despedirse, le dice de quedar en la semana para componer las canciones de las que estuvieron hablando, pero él la mira con una cara de desconcierto y le pregunta que qué significa «canciones» y ella le contesta, sin entender mucho la pregunta, que una canción como la que acabamos de escuchar y él de nuevo le repite que no sabe que significa la palabra «canciones» y que no tiene ni puta idea de lo que le está hablando. «Deja de hacerte el tonto», le dice ella. Se ríe por la tontería y se despide con un beso.

Marta no lo sabe aún y tardará un tiempo en averiguar que, dentro del baño, por culpa del dispositivo, viajó a un universo paralelo, casi igual al nuestro, pero con la particularidad de que la música, que nos acompaña en casi todos los momentos de nuestra vida, no existe. Nadie sabe lo que es y ella se lamenta sin cesar que en el último show que estuvo, y podría haber disfrutado de la música, se la pasó hablando y hablando y ahora tiene que vivir en completo silencio y con el vago recuerdo de sus canciones preferidas que se van perdiendo, una a una. 

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